A esta fecha, me quedan 17 días en este país.
Hace tanto que veía esto venir, pero tan lejos. Ahora está a la puerta de mi casa, esperándome, susurrándome, sin tocar la puerta aún...
Aún no sé cómo nombrar esto que siento. Es extraño. Es una especie de vorágine salvaje de alegría, ansiedad, nerviosismo, impaciencia, pequeñez, incertidumbre, sobrecogimiento, nostalgia, extrañeza y desesperación, y todo al mismo tiempo. ¿Cómo se supone que se deba llamar eso? Ni siquiera logro hallarle la cabeza.
Vengo bastante tiempo diciendo que me encuentro al final y al principio de algo nuevo, porque así lo he venido sintiendo, pero ahora, con cada segundo que pasa frente a mí, lo siento aún más inminente y más real. No sé qué hacer con tanto nuevo yo y tanta memoria regada sobre el piso. No sé si las cosas cambiarán como yo quiero, porque creo que al final casi nunca lo hacen. Al menos es un comienzo, uno nuevo. No todos los días se tiene la oportunidad completamente abierta de empezar las cosas desde cero. Y aún así, no sé si yo solo me basto para darle la cara a esto y decir mi nombre en voz alta sin titubear ni sentirme ni arrogante ni cínico. Aún no sé sobre qué suelo es que me apoyo.
Me siento incierto y me aterra que esta incertidumbre vaya a arruinarme todo el horizonte.
Tengo varias expectativas pendientes sobre mí, varias esperanzas puestas sobre mis hombros, la cara de 7 millones frente otras caras de todo el mundo y me da miedo defraudarlos a todos y desperdiciar lo que me ha sido dado.
Tengo que quitarme este absurdo titubeo paranoide.
Debo afianzarme de mí mismo y ver de frente hacia el futuro, sé que soy muy capaz de muchas cosas.
...y debo hacerlo, quiero hacerlo.
Al fin de cuentas es el cielo que pedí.








